El “cuaresmero”


En Málaga se llama “cuaresmero” al cofrade que suele aparecer únicamente por la hermandad al comenzar la Cuaresma.

Por lo general ese hombre será desde el Miércoles de Ceniza hasta el encierro de la procesión, un trabajador eficiente, activo, fervoroso y entusiasta ante cualquier idea nueva, aunque esto sea un disparate, después del encierro desaparecerá casi de un a forma misteriosa y no asistirá ni a juntas ni a los actos  de cultos. Por supuesto debe merecer un gran respeto. Pudiera ser que de una de estas cuaresmas activas nazca un verdadero cofrade.

Quiero contar aquí lo que sucedió hace mucho tiempo – allá por los años veinte – con un hombre cuya actitud se puede comparar en cierto modo al “cuaresmero” que aparece pro la cofradía al iniciarse el tiempo cuaresmal; y  de cómo Dios – para acercarnos a El- escribe muchas veces en renglones torcidos. Esos renglones que se llaman tronos, flores , nazarenos y saetas, cera de palio y mantos recamados en oro. Líneas sinuosas en los caminos del Señor.

Era este hombre ateo, o agnóstico, que para el caso es lo mismo, aunque ahora sea más resultón emplear a cada momento el tan traído y llevado agnosticismo. El protagonista de mi historia vivía muy cerca de la iglesia de Santo Domingo, y mira por donde un buen día entró por pura curiosidad en aquella parroquia cuando la Semana Santa estaba ya muy próxima.

En la nave de la derecha según se entra, estaban montando un trono (ya que entonces había muchas procesiones en Málaga que “salían de dentro”). El paso tenía un barroquismo de los llamados  en esta tierra “valiente”. Recubierto de fino dorado estaban sus volutas, con figuras adornándolo de santos, ángeles y atributos marianos. Sobre el trono, unas bambalinas verdes con mallas de oro  y morilleras parecían esperar la “mecida” para la Virgen, mientras un techo de palio enmarcaba aquella filigrana de pedrerías y bordados. Junto a este techo, en su parte interior había unas letras bordadas que solo decían:

“ERES NUESTRA ESPERANZA”

y el hombre de mi historia sintió curiosidad por todo aquel tinglado de terciopelos, santitos pequeños, varales, barras de palio, luces de arbotantes. Curiosidad por todo aquello que movían unas manos artesanas, para terminar al fin colocando a una Virgen con cara de niña dolorosa que parecía mirarlo a él y preguntarle entre sus lágrimas de cristal: “¿Te gustó hijo?”.

Y se fue el hombre a su casa con el aguijón clavado de aquel primor y aquella armonía de formas; pero nada más. Solo Dios sabía que su mañana era un lejano.

Al año siguiente volvió en otra cuaresma, atraído y curioso de nuevo al escuchar desde su hogar los golpes de martillo que daban los carpinteros al montar el trono; siendo el trajín de una nueva cuaresma lo que le acercó otra vez para oír las grandes discusiones entre cofrades sobre si las velas estaban bien o mal puestas, derechas o torcidas, o si las flores ese año iban a llegar o no con tiempo. Y el hombre- tal vez aburrido de solo mirar – quiso ser útil, echar una mano, y lo mismo que el “cuaresmero” empezó a interesarse por aquellas cosas tan curiosas, y preguntó qué era una “macolla” y una “cabeza de varal” “qué era un quita-cimbra”.

Y otra vez la Virgen con cara de niña dolorosa y lágrimas de cristal fue puesta en el trono, y otra vez parece que le hizo la misma pregunta “¿Te gusto hijo?”esperanza anti

Pasó el tiempo. Pasaron muchas Semanas Santas. ¿Cuántas? No sé qué número fijo de tiempo, de meses o de años, Pero el hombre, atraído por su afición (que no devoción cofradiera) se pegó a aquel trono en muchas cuaresmas de su vida. Tal vez por malagueñismo, por aburrimiento o por el oropel de aquella fantasía. Deslumbrado – tal vez – por los renglones torcidos de Dios.

Y en la mañana de un Sábado de Gloria (así se llamaba este sábado que luego el Concilio II cambió por Santo) el hombre ateo de mi historia, le estaba leyendo a sus hijos una crónica que escrita de un diario local cantaba la belleza de la Virgen de la Esperanza en su trono. Describía el periodista su paso por la calle de Larios alfombrada de margaritas. Su vuelta por la calla Ancha del Carmen toda engalanada con mantones de manila,  el pueblo siguiéndola, aplaudiéndola entre requiebros y piropos. Alguien le había cantado una saeta poco litúrgica – pero muy bella – en la misma bajada del Puente de Tetuán:..

“Madre mía de la Esperanza,

al volver de romería

en esta mañana clara,

yo te ví que sonrieías

al darte el sol en la cara…”

Dicen – a mí me lo contaron así hace mucho tiempo y así lo cuento . que la vez de este hombre ateo no pudo seguir adelante su lectura porque se quebró en un sollozo de pena. Dicen que sus hijos lo vieron agachar la cabeza sobre el periódico. Dicen … dicen … todavía hay quien lo ce, que rompió a llorar como un niño. Como solo se llora cuando las lágrimas han estado mucho tiempo contenidas.

¿Qué había ocurrido?¿Fue la emoción del momento?¿Impresionado por las frases bonitas de aquel cronista?.

No, su turbación, su llanto, no era cosa superficial del instante emotivo, Venía d   e algo más hondo, más inexplicable y más profundo, Aquellos sentimientos de su alma fueron – para los que aún creemos en milagros – los renglones torcidos de Dios.

El hombre de mi historia, desde entonces, desde aquel momento, pasó de ateo a cristiano, de “cuaresmero” a cofrade y creó en sus hijos una dinastía cofradiera que aún persiste. Todavía un hijo suya va en la sección de la Virgen, mientras un nieto lleva desde hace años al Dulce Nazareno sobre sus hombros.

Vengan en buena hora muchos “cuaresmeros” a nuestras cofradías, que el Cristo o la Virgen empezarán primero por preguntarles:

“¿Te gusto hijo?”. Y terminarán por decirle: “Sé hijo, que estás aquí porque me amas de verdad”.

De: “Lenguaje cofradiero de Málaga”

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